Un grupo de inmigrantes ya espera en la frontera mexicana

Ciudad de México, 13 noviembre 2018.- Los inmigrantes ya están tocando las puertas de Estados Unidos. Un grupo de al menos 200 personas espera, desde hace dos semanas, su turno para pedir asilo en Estados Unidos. Lo han hecho en el puente internacional Paso del Norte, en los límites entre Ciudad Juárez (Chihuahua, México) y El Paso (Texas, EE UU). Allí, desde la mitad del puente que todavía es territorio mexicano han esperado para hacer una solicitud formal al Gobierno estadounidense. En el cruce se han hecho dos filas: la de quienes con visados en mano caminan rápidamente para pisar Estados Unidos legalmente —unas 19.000 personas al día— y la de quienes aguardan durante días para ser atendidos por los agentes estadounidenses. La segunda línea casi nunca avanza. Cuando ocurre, suelen ser mujeres y niños que son invitados por la policía fronteriza a que entren a los oficinas de inmigración del lado estadounidense para comenzar el trámite.

El presidente Donald Trump firmó el viernes una orden ejecutiva para endurecer los criterios de asilo en Estados Unidos. Y aunque ninguno de los inmigrantes pensaba moverse del puente, las autoridades de Ciudad Juárez han convencido en las últimas horas a algunos para que fueran a albergues del lado mexicano. Los voluntarios de la Cruz Roja les han anotado en el brazo un número, según su lugar en la fila, para evitar conflictos. El grupo es multinacional: cubanos, salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, venezolanos y algún mexicano. El final de la semana pasada ya sumaba 272 personas que habían dormido y comido durante días en pleno cruce fronterizo. Todos los días llega alguno más. Hace tres semanas apenas había 30 personas, según datos de la Cruz Roja, pero conforme los días pasan la cifra crece. Estos inmigrantes salieron de sus países antes que los 6.000 que se unieron a la caravana centroamericana, que está avanzando ya por el centro de México.

El señor Trump está siendo muy extremista. Entendemos que está defendiendo su economía pero precisamente nosotros venimos a ayudar en lo que se necesite”, dice Miriela Rodríguez, una cubana de 42 años. Rodríguez salió de La Habana harta de pagar comisiones a los inspectores del Estado para que la dejaran trabajar como manicurista. Así que con un visado mexicano viajó a Ciudad Juárez para pedir asilo en Estados Unidos. Sabe que ya no se beneficiará, como otros de sus compatriotas, de la política Pies secos, pies mojados ––que ofrecía asilo para los cubanos–– después de que el presidente estadounidense la cancelara el año pasado.

Julio Baltazar, un agricultor guatemalteco de 41 años, durmió siete días en el puente abrazado a su hija María, de 10 años. Dejó en casa a su esposa y otros dos hijos. Salió de su país, principalmente, por la violencia. “No hay paz y las autoridades son corruptas”, cuenta. En Guatemala, sufrió las amenazas de un grupo delictivo después de organizarse con sus vecinos para pedir el cierre de una cantina en su barrio. A uno de sus vecinos lo secuestraron, era una advertencia, y a él ya no lo dejaron en paz. “Lo que yo sé hacer es trabajar la tierra, soy campesino, pero puedo trabajar en lo que sea para superarme”. Salió de su país antes que la caravana y ha llegado hasta Ciudad Juárez pagando autobuses o con ayuda de mexicanos que lo llevaron en algunos tramos de carretera.

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